Sobre escribir

Después de una pequeña pausa para terminar todos los acumulados de la escuela y el trabajo, quise tomar un pequeño respiro que pareciera resultar en un justificante oficial de por qué el interés por escribir.

Mis primeras memorias de la infancia, están relacionadas de alguna u otra forma con la escritura. Recuerdo perfectamente que uno de mis “juguetes” favoritos era un cuaderno con carátula de la Sirenita en tonos brillantes. Es una cosa curiosa ya que las evidencias dentro de las hojas, demostraban que para entonces yo todavía no sabía escribir y había dedicado todos los lápices y colores que pusieron a mi alcance (e incluso un delineador gris de mi tía abuela que desde luego no se incluye como material disponible para usar porque nadie me dio permiso ¡ja, ja!) en rayar y tachonear sin sentido alguno.

Lo que más pedía cuando salíamos de paseo eran libretas, diarios y plumas. Cuando ya me había enseñado a escribir, obviamente ya hacía un mejor uso de todas estas cosas. Recuerdo haber buscado por todos lados hojas blancas, reusadas o cualquier agenda en poder de mi familia para hacer uso de ella y garabatearle sin descanso.

Pero el hecho se fue convirtiendo en algo más que confesar los detallitos de la adolescencia y los amores fallidos de los 14 años. De pronto se empezó a transformar en una vía de ordenamiento a los pensamientos que no tenían dirección. Se empezó a hacer una costumbre, un hábito y una necesidad. La escritura se convirtió en el medio ideal para plantarme de lleno a las facetas incomprendidas de la gente y de la vida en general.

A lo que voy con todo esto, es a plantear que la posibilidad de escribir es inmensa y contundente. Marguerite Duras, por ejemplo, decía que implica además una fortaleza titánica porque: “hay que ser más fuerte que uno mismo” cuando se escribe.  En eso creo que tiene razón. Animarse a escribir es un acto que requiere valor para afrontar la existencia de todas las voces que buscan salida a través de las palabras. El acto de escribir, es siempre una forma de plasmar lo que uno es porque sería imposible desprendernos de nosotros mismos con el pretexto de una persecución de lo objetivo. Nuestros dedos siempre estarán cargados por piezas  de nosotros mismos en cada texto.

Por otro lado, Alejandra Pizarnik creía que a través de las letras, era posible resanar las heridas que todos llevamos dentro. Quizás en esto  también haya algo de verdad. Si bien Alejandra poseía un corazón melancólico y provisto de dolor en muchas formas, es innegable que para todos hay cicatrices y nuevas circunstancias que nos marcan, así pues, si se trata de escribir sobre la tristeza, basta con hacer una pequeña mirada hacia lo que nos perturba para conseguir sacarlo mientras se escribe.

No tengo intención de vender la escritura como una terapia de nada en absoluto. Creo que las posibilidades del ser humano para descubrirse y luego descargarse son múltiples y ninguna es mejor o más válida que otra. Si para mí escribir ha significado una manera de establecer mi propia cartografía de lo incomprensible que me resulta a veces el mundo, para otros puede ser nada más que la conjunción de muchos caracteres vacíos signados por la obligación. Para otros más puede ser un pretexto para encontrar entretenimiento o simplemente un acto mecánico del que todos tenemos preparado el chip aunque no todos lo apliquen ni lo desarrollen (y ya ni qué decir de perfeccionarlo).

Por mi parte, yo puedo declararme creyente de los poderes curativos que tiene la escritura, puedo animarme a plantearla como un camino válido hacia el conocimiento, asegurar que permite que se interprete la vida con otros ojos, considerar la inexistente objetividad en nadie que se atreva a tocar una hoja para escribirla y puedo aseverar más y más cosas de lo que significa escribir y mantenerme siempre bajo una línea que, como explicaba al principio, justifique mi necedad por escribir.

O también puedo colocarme del lado de Barthes y abonarme a considerar que “…la escritura es la destrucción de toda voz, de todo origen… donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que escribe…” y pensar así que no importa nada de lo que escriba, que no ha tenido significado todo lo que he dicho antes, que mientras estoy tecleando, yo misma me estoy condenando a que sea cualquiera de ustedes, lectores el que decida qué tipo de cariz le van a conceder a mis palabras.

Y al final del día, ¿qué será entonces escribir?

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