La profesión que me enseñaron

Niños_en_crecimiento

Cuando me despierto muy temprano para ir a dar clase, ya no pienso con la flojera de la que fui como alumna. Hoy día, recuerdo a todos los profesores que escogieron (o les escogieron) los horarios más tempraneros para dar una clase.

Cuando me entregan el programa de una clase que no he dado, pienso en cuántas ocasiones, en sus inicios como yo o más adelante en su trayectoria, mis maestros recibieron también algo que desconocían y el tiempo que seguramente invirtieron leyendo, indagando o incluso preguntando para llegar a dar la clase con el dominio que siempre demostraron tener.

Cuando me desvelo calificando trabajos y haciendo comentarios en textos y textos, tampoco hago memoria de las veces que pasé quejándome con amargura de las tareas que me dejaron en la escuela. Pienso en que muchos de mis profesores, dejaron de pasar tiempo con sus parejas, sus familias o sus amigos por quedarse en casa corrigiendo ortografía o las ideas que salieron chuecas en los ensayos o los cuestionarios.

Cuando veo que los alumnos prefieren hacer la tarea de otras materias mientras yo doy clase, que su celular es evidentemente más interesante que cualquier cosa que pudiera yo estarles diciendo o que seguramente discutir sobre el video chistoso que salió en redes sociales la noche anterior, no pienso más en las veces que yo decidí no poner atención, sino en el valor que tuvieron todos mis maestros por continuar parándose al frente de un grupo y encontrando esa fuerza todos los días intentando dejarme algo que pudiera aplicar para mi vida.

Cuando me descubro sintiendo que no tengo más interés en dar una clase, cuando permito que el cansancio me venza y dejo que el desánimo domine mi voluntad, pienso en cuántos días no habrá sido la misma sensación en aquellos que decidieron tener como trabajo el de la enseñanza y la forma en la que nunca permitieron que sus acciones demostraran lo que estaban atravesando.

La lista podría hacerla tan larga como razones hay para creer que la vocación de la enseñanza no existe. Todas esas que existen para justificar que seguramente no tuviste éxito en la carrera que elegiste y que por eso te dedicas a dar clase. Qué mentira tan grande. Creo y hoy puedo decir con toda la certeza del mundo, que en gran medida, las razones que me han hecho permanecer en el camino que recién descubrí como otro modo de vida, se las debo a quienes eligen día con día transmitir su conocimiento en lugar de guardarlo para sí mismos.

Si no hubiera contado con la guía de los maestros que me ayudaron y apoyaron en todos los niveles que he cursado hasta ahora, probablemente hubiera tardado más en descubrir que parte de lo que yo puedo hacer para contribuir con el mundo en que vivo, está en dar clases, pero en esta ocasión, este año quiero concentrarme en todas las herramientas que aprendí no solo para tener una formación académica, sino también para que todas ellas se transformen ahora en favor de las generaciones que he podido conocer.

Yo entiendo que no puedo cambiar el concepto que tiene tanta gente respecto a la enseñanza, que seguramente no podré convencer a la totalidad de mis alumnos, que aprovechar lo que van encontrando en sus materias los podrá orientar en su vida profesional y personal, seguramente cuando muchos de ellos lleguen a reflexionar en el punto en el que estoy yo, ya no habrá tiempo o ganas para aceptar que había un poco de verdad en ello,  pero no hace falta constatar de primera mano lo que a cada uno le irá funcionando más adelante en su vida.

Quizá la experiencia de dar clase, aceleró en mí este punto en el que puedo entender casi con plenitud, la responsabilidad que implica enseñar con interés, con intención, con voluntad; y quizá por eso es que mi agradecimiento se ha multiplicado con los años a todos los que tuvieron esas ganas de comunicar lo que habían aprendido y se animaron a dejarse enseñar también por quienes fuimos alumnos suyos.

Cuando creo que no estoy logrando nada real en mis alumnos, cuando creo que no estoy cumpliendo lo que me planteé al iniciarme dando clase, recuerdo a quienes día con día me demostraron que son más poderosas las ganas de sembrar la semilla de la inquietud y de la curiosidad, que la necedad de darse por vencido queriendo que ésta germine antes del tiempo indicado.

Gracias a todos mis profesores y a los amigos y familiares que también lo son, por recordarme (aunque ellos no lo sepan) lo que significa la profesión.

X.

 

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