Buenos días, ¿tiene un minuto para hablarle de libros?

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Recibí ayer por la noche uno de esos correos que te hacen detenerte a pensar. No lo leí sino hasta muy temprano esta mañana, pero me permitió comenzar el día con una idea de vida: el propósito y el sentido de la lectura compartida. Quien me escribió el correo para agradecerme el haberle acercado una obra que recientemente compartí con mis alumnos y que por cierto le había generado gran curiosidad e inquietud cuando le platiqué lo que planeaba para mi clase, es alguien que quiero profundamente y admiro todavía más.

La diferencia fue, que a través de sus palabras pudo compartirme un trozo de su vida para mí desconocido y que para bien o para mal, el libro que le presté le había recordado. Me quedo con el pensamiento de que fue más para bien, porque en sus palabras: “es uno de los que podré decir que me ha marcado”.

A través de la literatura, he podido encontrar mi propia forma de comunicación con él. Han sido las letras las que nos han acercado con pláticas interminables sobre los personajes que amamos y detestamos y las recomendaciones de cuentos y novelas han fluido desde hace más de un año que hemos tenido oportunidad de conocernos. A decir verdad, quería ampliar mucho más lo que él me hizo llegar a través de su mail, porque creo que contar su historia (que en ocasiones sí he podido compartir en pedacitos por  otros bonitos episodios que me ha regalado), merece la atención de tantas y tantas personas que parece que vinimos al mundo a observar y jamás a actuar,  pero al final de todo lo que me ha contado me ha dado su confianza, que sería imposible traicionar.

¿Cuál es la intención al hablar de todo esto? Muy sencillo: él ha sido una prueba fehaciente de la compañía y la reflexión que pueden provocar los libros. Para él, la literatura ha sido parte importante de sus deseos de aprender y de superación, del mismo modo que para mí o para muchos otros podría también significar el ocio y la distracción. Él ve aprendizaje donde muchos vemos simplemente una historia fantástica. Reconoce sus gustos y sus disgustos donde tiene su nido la trama amorosa y hasta observa la malicia y el odio de la humanidad donde para nosotros hay solamente ficción.

La literatura… tan compleja y tan electrizante. Tan elogiada hasta el canon y tan rebajada al desagrado por conocer. No podría emitir un juicio respecto a las voces múltiples que condenan igual que alaban lo que es bueno o malo en cuanto a libros se refiere, pero sí puedo pronunciarme, a partir de mi propia experiencia como en este caso, o como en muchos otros donde he comprobado el significado no solo de leer, sino de compartir la literatura.

Leer y compartir lo que se lee, abre el mundo y el panorama de la vida que teníamos en el momento anterior a entrar en contacto con la obra o las muchas obras que nos topamos en el transcurso de nuestro tiempo. Cuando creemos en la lectura como vehículo para generarnos simples temas de conversación como usualmente tendemos a hacer quienes tenemos este acceso ilimitado a la lectura y no tenemos que enfrentarnos como muchos otros a luchar por ese boleto de entrada nos hemos quedado en el nivel más básico de la lectura.

Decía Kafka que: Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado que hay dentro de nosotros y hoy en la mañana, me di cuenta que sí; que el libro para muchos ha sido el arma que les ha permitido liberarse de los prejuicios, de la cerrazón en el pensamiento, los ha motivado en lo más profundo el interés por navegar, por ser personas diferentes. Porque es maravilloso pensar desde el privilegio: los viajes, las escuelas caras y el paisaje de la vida nocturna, pero para otros que están fuera de ese círculo, han sido los libros los que los han convencido de que hay una línea que pueden y deben cruzar.

Hoy pensé mientras leía a Gioconda Belli, mientras metía uno, dos libros a mi bolsa de mano, mientras abría la cortina de mi oficina, mientras me sentaba a tomar un té y a escribir estas líneas, que me alegra poder ser una pieza más en la vida de otras personas. Me encanta ver que este es mi verdadero placer y debe ser mi verdadera y única motivación: compartir y enseñar porque sé menos de lo que creo y aprendo más de lo que a simple vista veo.

Los libros me unieron a mí en mis días eternos de soledad en la niñez y hoy día me unen con compañeros, amigos, estudiantes, con mi pareja, con mi familia. La literatura me ha demostrado con creces que no hay una sola forma de conocerla; que cuando crees haberle encontrado cariño, se reaviva y se te presenta de otra manera distinta y novedosa como si te invitara a enamorarte otra vez.

Compartir la literatura también ha sido parte de mi hacha. He derretido mucho del frío en mí mientras repaso una página y luego volteo a compartirla con quien me lo permita. Ese mar helado que también habita en mí, se descongela poco a poco pero ha encontrado mucho más calor cuando he puesto mis libros en las manos de otro.

 

 

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