Uno cree que sabe pero la verdad… no sabe nada.

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Cisnes que se reflejan como elefantes, Salvador Dalí (1937)

El ser humano, toda nuestra especie, cree que sabe perfectamente cómo es. Me refiero a que, cuando alguien nos pregunta “ ¿cómo te defines?” o “¿cuáles son tus defectos y virtudes?”, sin el mayor problema podemos responder aunque nos cueste algo de trabajo. Sabemos cómo somos porque nos lo repiten nuestros padres, nuestros hermanos, familiares diversos, los círculos sociales. También lo sabemos porque nos damos cuenta de nuestras reacciones ante la vida, ante los problemas o los eventos afortunados.

Y así nos escuchamos entre nosotros: “me gusta el color rojo”, “mi helado favorito es el de chocolate” o posturas tan definidas y arraigadas como “a mí no me gusta que me digan qué hacer” o “estoy enamorado de mi libertad”, no sé. Son todos ellos ejemplos.

Pero, ¿alguna vez hemos pensado qué tanto actuamos como se nos ha indicado o enseñado por alguna vía? ¿Hemos considerado quizá la posibilidad de que nos parece más atractivo construirnos no como ser humano, sino como personaje? Y sin irme tan lejos como teorizar sobre las máscaras humanas o como dirían en Shrek: “las capas de la cebolla”. Del modo más instantáneo y cotidiano, ¿no estamos todo el tiempo armándonos como queremos que los otros nos vean?

La cosa es, ¿en qué punto nos damos cuenta de que esto nos está pasando? Yo creo que una gran parte de ese rastreo, se consigue a través de los otros con los que tenemos contacto y que nos sirven como espejo. Tener contacto con otras personas de cualquier círculo social, nos revela mucho más y sobre todo, en lo que no se dice directamente, sino en lo que provocan nuestras acciones en los demás.

Explico un poco mi punto: si partimos de la idea de que normalmente, nos configuramos acorde a lo que escuchamos que se dice / espera / define sobre nosotros, podríamos voltear un poco la vista a lo contrario: las cosas que no se nos ponen de manifiesto. Como ejemplos, podrían encontrarse cosas tan básicas como: las lágrimas que le provocamos a un hermano cuando le quitamos un juguete, el cambio en la asignación de los deberes en el trabajo, o una de las peores: el alejamiento parcial o permanente de personas especiales en nuestras vidas.

Pasamos tanto tiempo oyendo y reforzando lo que se dice de nosotros o lo que aspiramos ser, que parece que a veces, somos Frankenstein y vamos juntando piezas, cosiéndolas y reparándolas incluso aunque estén medio muertas ya; todo con el propósito de continuar manteniéndonos en la línea de lo que debemos ser en este mundo.

Y podemos vivir en la comodidad y la credulidad de nuestra belleza, simpatía, capacidad de escucha, inteligencia, alegría, depresión, tenacidad, enojo, ensimismamiento, timidez y ponga usted la característica que guste y mande. El chiste es tener siempre los mismos estandartes y acomodarte una reputación no solamente a nivel social, sino personal.

Pero cuando llegan las personas importantes, las que de verdad son el cambio de nuestras existencias (en cualquier contexto), es cuando las sacudidas, los temblores se vienen más fuertes y se siente en verdad que no hay forma de equilibrarse para mantenerse en pie.

Esas personas, muchas veces no tienen siquiera que abrir la boca. De alguna manera se ven afectados por lo que hacemos dejamos de hacer, por lo que decimos o peor, por lo que no decimos. Y ahí está uno, desarmado y sin saber qué hacer. Peleando internamente por sostener esa forma de vida, esos rasgos definitorios frente a aquel desertor que osa desafiar nuestra constitución que tantos años nos ha costado defender.

La lucha es desgastante porque es doble. Y si son como yo, que prácticamente se han erigido en piedras, la tienen peor. Yo creo que no hay a quien le gusta realmente sentirse invadido o descobijado de las convicciones que ha mantenido como mantras de vida. Porque te hace sentir débil, indefenso, te da la sensación de la equivocación y esa es la que más pesa. Te hace darte cuenta que si creías que te las sabías de todas, todas pues… no era verdad.

El espejo que los otros pueden llegar a ser, no es solamente aplicable a cuando uno sabe que puede aprender por la experiencia de otros: es mucho más reflejo de nosotros mismos de lo que pensamos o creemos porque es en los otros donde podemos medirnos como seres humanos, donde comprobamos qué tanto hemos sido el personaje y qué tanto nos hemos alejado del individuo.

No es tan simple como parece. Ese reflejo no es ni siquiera identificarnos con el otro y reflexionar sobre mí. Es ver cómo en el otro, lo que pienso y hago tiene consecuencias. Esas que aparecen cuando uno se pregunta dónde quedaron los amigos cuando no tenemos dinero, las que surgen cuando de la nada, alguien importante se aleja de nuestro lado, cuando nos contestan cortantes o tristes. Ahí está el verdadero espejo, uno que funciona igualito que los reales, ante los cuales no podemos engañarnos.

Qué difícil es darse cuenta de ello. Qué difícil y que buena oportunidad para parar en seco y saberse real y dueño de causas y consecuencias. Qué doloroso a veces, pero qué buena manera de tomar conciencia de que así es como uno toma su lugar en el mundo. Qué complejo, porque es algo continuo y nunca, nunca deja de suceder.

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