Diario de una chica dispersa

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Un día normal en mi vida puede describirse de forma muy sencilla. Sencilla, igual que cuando uno se descubre de pronto con 14 ventanas abiertas en el navegador y un par de archivos descargándose.

Puede ser que haya decidido empezar la mañana lavándome los dientes y simplemente se me cruce por la mente que antes de eso debo tener la música lista para cuando me meta a bañar. Puede ser que continúe metiendo aquello que requiero llevarme al trabajo, pero que termine en una bolsa medio abierta y llena de cosas.

Quizá podría describirlo con un documento abierto en la computadora y un rápido recuerdo de que no me he acercado a la cafetera y luego podría decirse que mi vida es eso que sucede mientras escribo sobre una cosa, recuerdo que tengo calificaciones pendientes y luego se me ocurre que hace falta enviar un par de correos que estaban pendientes desde ayer.

De forma natural, es andar por la calle o entre los pasillos de cualquier sitio y tener que sacar el teléfono porque llegó de pronto otra idea millonaria con la cual empezar el libro que en definitiva jamás se ha empezado a escribir o tal vez transcurra a la mitad de una conversación escuchada a medias porque recordé que antes de que termine el día quisiera terminar el capítulo inconcluso de alguna de las novelas que tengo empezadas desde que inició este año (o el año pasado o el anterior).

Los días se van en esa tarea que tiene esperando desde una semana atrás y que se intercambia todos los días con un vaso de leche, guardar un par de cosas en el armario, limpiar la cocina o escribir a las prisas una actividad para los estudiantes que se me ocurrió mientras veía un documental o una serie en la televisión.

Y si de las noches se trata, podría asegurar que por ahí está más difícil encontrarle el hilo a los personajes y a los lugares, las emociones o las intenciones. Aparecen todos los mundos y se revuelven todas las personas. Hacia arriba y hacia abajo no hay blancos ni negros todo sale como mezcla de colores primarios en todas sus formas y variaciones.

Nada sencillo esto de controlar la mente dispersa. A veces no hay agendas ni post-its que valgan para tal misión; pero abundan las agendas y las plumas, las playlist sin género y hasta las servilletas que funcionan como separador. Cuanto objeto pase por estas manos puede ser susceptible de un acto de malabarismo. Pero es que todo tiene sentido… ¿De qué iría la vida dispersa si no es de estos altibajos circenses?

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