Y colorín colorado, la maestría virtual se ha terminado o Cómo construir sobre lo intangible

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Estudiar ha sido desde mis primeros años de vida una parte importante de mi misma. Seguramente por influencia materna, la preocupación y dedicación que tuve en esta actividad provocó que más de una vez le dedicara lágrimas y dolores de estómago a las calificaciones. (Punto aparte, creo que el afán por el numerito es un error y aunque en algún punto lo he podido entender así, parece que mis caminos de vida me siguen arrojando a la cara que “necesito un promedio”, sin embargo, en la medida de lo posible he tratado de corregir mi estrés, aunque ese será tema de otra publicación).

Volviendo al punto, la historia es que el día de ayer se subieron por fin mis últimas notas al sistema, lo cual marca el primer cierre oficial de esta aventura que emprendí llamada maestría en línea (desde luego el segundo cierre será la graduación y el tercero cuando reciba mi título) a la que le invertí tres años y medio de vida, pero que se sintieron como el doble en esfuerzos. La realidad es que estudiar de manera virtual implica un reto en muchos sentidos: intelectual, emocional y sobre todo habitual.

Algunos dicen que estudiar en línea no es una actividad para todos, sin embargo no sé qué tanto me podría suscribir a ello; lo pienso así porque si hay alguien en este universo que tenga tatuada la dispersión y la distracción por todo el cuerpo soy yo, así que en términos “normales” se podría pensar que un programa de este tipo no está hecho para gente así y sin embargo heme aquí escribiendo un texto posterior a toda la aventura de cursar un programa cuya materia prima es la virtualidad, una virtualidad que durante todos estos años se mostró como el recordatorio de lo afortunados que somos por vivir en una época como esta, en la que el panorama del mundo se expande ante nosotros a través de la red.

Como experiencia virtual, la maestría no fue mi primera experiencia online. Antes de eso cursé un diplomado, un par de cursos más y un primer intento por cursar otro programa de maestría en España que no me convenció del todo y que terminé por abandonar, sin embargo, en este caso se trató de una decisión que desde el inicio me emocionó tanto como me hizo temer por mi futuro. Al inicio, cuando firmé mi carta compromiso,  veía sumamente lejano este momento precisamente por mi tendencia a dejar cosas a la mitad o inacabadas (no me quemaré más de lo necesario en este respecto pero tampoco se trata de fingir lo que no soy), que el hecho de estar escribiendo estas líneas hoy miércoles 3 de mayo de 2017, me hace sentir una inmensa satisfacción que requería ser compartida.

A la aventura llegué casi sin preparación. Después de husmear entre la oferta virtual del Tecnológico de Monterrey encontré la Maestría en Estudios Humanísticos (MEH) y vi una y otra vez su programa, su sistema, su todo. La revisé una y otra vez y por fin en enero, una mañana muy fría y mientras tomaba un té enfundada todavía en mi pijama, escribí un correo para preguntar por los trámites necesarios para cursarla en agosto y de inmediato me respondieron que aún estaba a tiempo para iniciar ese mes, que era la semana de inicio y que sin problema me programarían mi examen de admisión para dentro de dos días.

Claro que sufrí y lloré estudiando las horas que siguieron hasta que por fin desistí: ya saben, lo que sé me lo sé. Y pues nada, que saqué un puntaje maravilloso (true story) y desde ahí comenzó mi camino exploratorio por la virtualidad académica.

Cierto es que me costó trabajo tomar el ritmo adecuado de la maestría, aunque a mi favor jugó que mi carga del primer año fue de solo una materia por semestre (quizá si hubiera tomado dos desde el inicio otra cosa hubiera sido), sin embargo, una vez que adquirí la velocidad adecuada, lo demás fue mucho más sencillo.

Para mí la maestría significó muchas cosas importantes y cambios en mi vida que jamás hubiera esperado. De inicio, en la parte académica, descubrí finalmente a qué me quiero dedicar y cómo y cuándo hacerlo. Lo que aprendí de las materias me permitió focalizarme para encontrar técnicas, recursos, temas y bases para construir nuevos puentes hacia otros escenarios. Si bien yo tenía bases humanísticas por la carrera de Comunicación, lo que pude absorber de esta etapa me permitió encontrar otros sentidos que no había considerado y profundizar mucho en otros. La maestría no estaba para nada despegada de mi formación inicial y encontrar los nexos entre una cosa y otra me dejó muy satisfecha.

Por otra parte y contrario a lo que todo mundo espera de un programa virtual, la maestría me permitió conocer una serie de personas tanto interesantes como divertidas, inteligentes y capaces. Nuevamente, la tecnología jugó a mi favor y a través de los servicios de las redes sociales, pude tener un acercamiento mayor a algunas de las personas con las que compartí equipos, tareas y desveladas. Conocí gente de Monterrey, de Guadalajara, de Villahermosa, Xalapa y CDMX, pero también expandí mis fronteras y alcancé un pedacito de contacto con Colombia y China. Incluso pude conocer a varios de ellos en persona. No puedo decir cuándo ni cómo se transformaron las relaciones, a mi familia también se le hace muy simpático que hayamos contactado y hecho clic y que sigamos incluso en contacto hasta para hablar de películas, canciones y lo que hicimos ayer.

Vencí a la dispersión, logré aprender y aplicar lo que me compartieron, tuve contacto con profesores muy buenos y dispuestos, conocí gente entrañable que espero continúe siendo parte de mi vida por mucho tiempo y sentó las bases para mis proyectos futuros (esos de los que pronto escribiré cuando se materialicen). Creo en el poder del agradecimiento y me parece que la palabra que me puede ayudar a resumir la experiencia es precisamente gracias, porque medí mis propias fuerzas y resulté vencedora.

En el fondo creo que se trata de animarse a tratar. De alejarse de la zona común y encontrarle las ventajas a la situación. En mi caso, aquello que comenzó como la mejor opción para una vida con horarios distendidos, terminó por ser pretexto para conocer personas, redireccionar mi camino profesional e integrar los aprendizajes cotidianos con mi labor actual.

Así que sí, aunque parezca que estamos haciendo castillos en el aire porque no hay un salón al cual acudir o que no conocemos en realidad más allá de las letras de maestros y compañeros y que no tenemos un rato fijo para estudiar, sino muchos pequeños durante el día, el chiste de la educación en la virtualidad es precisamente que a muchos –como a mí- nos hizo capaces de construir sobre lo intangible.

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