Extranjerismo

Nunca le había prestado mucha atención a los espacios: casa, escuelas diversas, centros de trabajo. Para mí era de lo más normal estar transitando entre unos y otros. Transitar es un decir, porque aunque escuelas y trabajos han ido y venido como la marea, la única constante por 30 años, ha sido mi casa. Un sitio familiar donde habitaron desde siempre mis imágenes más conocidas.

Cuando era niña, lo que siempre me gustó fue su tamaño. Es amplia, tiene varios cuartos y baños, dos patios. Era fresca y cálida según lo enunciara el clima de afuera. Las plantas, los clósets, la alacena. Todo acomodado al gusto y la manera de las tres mujeres que la vivían y la celaban como guardianas: mi abuela, mi madre y mi tía.

Sin embargo, esta casa tampoco acababa por ser de ellas: había fotografías de uno de mis tíos,  de sus hijas; a veces daba la impresión de tratarse de un altar colocado de manera permanente a su deidad personal. El cuarto más grande, incluso, era un espacio prohibido para usar: “no vaya  a ser que en una de esas se aparezca tu tío de sorpresa”, me llegaron a decir. Todo aquello estaba dispuesto como en museo: intocable e inmaculado; preparado para el dueño verdadero de esa casa y sus innumerables visitas fantasmas, pues pocas de ellas se llegaron a materializar.

La decoración era particularmente especial en aquellos días: los muñecos de porcelana vivían en sus repisas como si se tratara de un sitio muy antiguo, casi de otro siglo, aunque los muebles expresaban a gritos la psicodelia de los setentas. Combinaciones raras que ahora que lo pienso, siempre me provocaron una ligera sensación de extranjerismo en mi propio espacio. Había pocas cosas que en realidad podrían considerarse mías. Siendo niña y adolescente, no había muchas posibilidades de intervenir en la modificación de un hogar.

Después de morir mi abuela y habiéndose mudado mi tía para su propia casa -construida y ordenada por ella-, mi padre se mudó con mi madre y conmigo. Las razones de por qué vivíamos separados son material de otra historia, por lo pronto el hecho me sirve aquí para hacer énfasis en que al final, quienes llegamos por una razón u otra a compartir las paredes éramos siempre turistas que llegábamos a lo que ya estaba hecho: a los colores de las paredes, a las recámaras, la sala y el comedor.

Mi madre fue muy firme en sus ideas decorativas. Ella eligió cuándo y cómo cambiar los muebles, con qué combinarlos y enraizó los muñecos y los otros adornos a sus sitios desde hacía tanto tiempo ya designados. Cuando murió mi madre y solo nos quedamos mi padre y yo, el sistema de funcionamiento de la casa ya estaba muy hecho y poco hicimos por modificar algo. Los pequeños desperfectos que fueron saliendo -porque ya es en definitiva una vieja edificación-, mi padre fue subsanándolos la mayoría de las veces con recursos económicos y no siempre durables. Pero no me importaba mucho. En aquel entonces yo casi usaba la casa solo para llegar a dormir.

Uno nunca entiende el poder de los espacios. Lo importante que es tomar distancia de ellos y no echar raíces donde al final no hay nada que le pertenezca a uno. Para mi mala fortuna, no me di cuenta de cuándo me encadené a vivir en este mismo espacio; de la nada comencé a sentir malestares, una especie de picazón interior. Cuando quise iniciar “mi propia vida”, sentía el escozor de los tentáculos de esta casa, como si me enganchara en la más ponzoñosa de las medusas.

Como si se hubiera levantado un velo o peor aún, un telón, descubrí que todos mis objetos personales reposan sobre muebles ya antiguos, se esconden tras puertas corredizas que suenan lo mismo hoy que hace 20 años. Cada día se funden focos, crujen más las sillas, se acumula más el polvo. Como si todo hubiera estado superpuesto, parecí encontrarle los años a la casa que me cubre y empecé a sentir que ya no pertenezco aquí.

Encuentro mi cuerpo y mi mente en territorio extranjero. Nunca terminó por ser mi casa en la infancia y en la adolescencia y ahora tampoco lo es. Para donde quiera que uno mire, la invasión del pasado avanza con pasos lentos pero firmes, intenta comerme los pies como arenas movedizas. Donde me pare, encuentro que no hay forma de huir de lo que ya no está. Es como si se tratara de una casa fantasmagórica, donde penan las almas de todos cuantos hemos pisado su terreno.

No hay lugar dónde esconderse, no hay otro camino más que huir de aquí muy lejos. No hay más que hacer que correr o aceptar pudrirse aquí.

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