El síndrome del sticker (Parte I)

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En un giro inesperado de la trama, el 2018 inició con la determinación (y el arranque) de una serie de trabajos de remodelación en casa. Empezando por la pintura de las habitaciones y seguida por una cadena de mejoras interminables, la primera semana del año consistió básicamente en el trajín entre galones multicolor, pastas resanadoras, lámparas y focos, enchufes y apagadores y donación de muebles y otros objetos desahuciados en mi día con día, pero con esperanza de vida en otras manos.

Ahora que lo pienso un poco (hoy domingo a las 6 de la mañana), me doy cuenta que aunque fue una idea que ya tenía algunos meses rondándonos la cabeza por muchísimos acontecimientos recientes, la decisión para ponerla en práctica no tomó demasiado tiempo y en el momento menos esperado ya estábamos todo el día en la calle paseándonos en tiendas de pisos y azulejos, comprando regaderas y llaves o sosteniendo una amena charla o compartiendo la comida con el pintor, el plomero, los albañiles…

La verdad es que es una casa muy vieja y -como creo que lo dejé muy claro en mi último post-desahogo de 2017- es un lugar cuyas características físicas, arreglos, decoraciones y muebles poco o nada tienen que ver conmigo. Casi todo lo que existe responde al gusto de mi abuela y mi mamá, quienes fueron las dueñas originales de este espacio, habitado por ellas quizá hace más de 50 años… (o sea imagínense, si estamos hablando de finales de los 60 cuando menos, ya podrán visualizar un poco el estilo de casa: una mezcla entre Clockwork Orange de Kubrick y un escenario de alguna película de Mauricio Garcés).

Supongo que mientras mi madre vivía, lo que había o no era poco importante para mí. Como toda adolescente, mi prioridad era hacer y deshacer, ahora sí que como diría Virgina Woolf: en un cuarto propio. Lo demás, eran espacios comunes que la(s) dueña(s) de la casa podía(n) y debía(n) disponer a su antojo. Para mí, con asegurarme el permiso de colgar pósters y stickers donde pretendía pasar la mayor parte de mi tiempo era suficiente y por lo visto lo que hice durante todos esos años, fue buscar de qué forma clavar todo aquello como si me fueran a gustar toda la vida; como si me pudiera aferrar a todo eso. Como suele pasar, no sé por qué creí en la permanencia de aquella dinámica de familia ni de aquellos gustos de los cuales hoy solo queda la nostalgia.

Mi madre murió cuando tenía 19 años de un cáncer terminal. Desde entonces, quienes habitamos la casa fuimos mi papá y yo hasta que él formalizó su relación con su pareja actual. La historia de mi papá y su forma de relacionarse con los hogares ha sido desde siempre un tanto compleja. Mi forma de hacerlo era -hasta hace poco- inexistente. Si toman en cuenta que es el espacio que he habitado literalmente durante los 30 años que tengo de vida, podrán imaginar lo inverosímil (o como dice una ex jefa mía muy querida: intramuscular) que me resultaba transitar ida y vuelta por aquí viendo los mismos paisajes, los mismos colores y los mismos muebles. El único cambio hecho por mi papá al poco tiempo de fallecer mi madre, fueron los tonos de los cuartos y la fachada de la casa. Por lo demás, las únicas modificaciones que se fueron haciendo, respondían a emergencias o desperfectos que poco a poco fueron apareciendo. Todo lo descompuesto se reparaba -a veces a medias para salir del paso- y se volvía a poner en su mismo sitio.

La cuestión es que, después de más de un año asistiendo -por fin- a terapia, habiéndome estabilizado en el trabajo y formalizado también yo una relación, habitar la casa se empezó a volver poco a poco insoportable. Comencé a verla con otros ojos (confieso que a veces hasta de odio), como si durante los últimos 11 años hubiera estado siempre en mis manos convertirla en un lugar distinto y me hubiera negado a hacerlo. Sentí por momentos que perdí demasiado tiempo usando el poco dinero que llegué a ganar en estos años y que fui yo la que permití que se convirtiera en un ente enraizado en el tiempo, negado al cambio, empeñado en mantenerse como recordatorio vivo de la presencia imborrable de mi familia. Pero no de un modo agradable, ¿saben?, sino como una lápida y una carga pesadísima de un destino que debía estar obligada a cumplir (…)

*Y para que se ponga más interesante el asunto, usaré desde luego la palabra: CONTINUARÁ…

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