Donde crecen las semillas

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En noviembre de 2010, yo tenía 23 años. Acababa de terminar mi participación como parte del área de Relaciones Públicas del Festival de Música de Morelia, el lugar que me abrió las puertas para hacer mis últimas prácticas profesionales de la licenciatura. Un mes después, en diciembre, estaría graduándome de la carrera de Ciencias de la Comunicación. En general, durante ese año pasaron muchas cosas buenas, pero una de las más significativas es la que cuenta esta historia:

El Instituto Mexicano de la Juventud  y la asociación civil Reiyukai de México, organizaron ese año el concurso Carta a los héroes, fundadores de la patria , en el marco del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución Mexicana. La convocatoria solicitaba que eligiéramos a un personaje de la historia del país que pudiera resultarnos en fuente de inspiración o a quien pudiéramos dedicarle una epístola agradeciéndole su contribución para México.

Yo elegí a Josefa Ortiz de Domínguez, porque creo que desde aquel entonces, me parecía importante que se hablara con suficiencia de las mujeres en cualquier contexto histórico o social del mundo.

La primera noticia que recibí fue que me seleccionaron como parte de los finalistas que tuvimos la oportunidad de asistir a San Luis Potosí para leer nuestras cartas. Ahí conocí a muchos jóvenes de diferentes edades y procedencias, quienes escribieron cartas muy diversas y profundas y a quienes fue muy interesante poder escuchar.

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Lo segundo que ocurrió fue que obtuve el primer lugar de mi categoría y mi papá tuvo la oportunidad de acompañarme a recibirlo. La verdad es que estaba muy nerviosa, pero recuerdo bien que la recepción de la audiencia cuando terminé de leer mi carta y la expresión que tenía mi papá me motivaron y animaron mucho.

Algunos años después, la fundación Reiyukai tuvo a bien hacerme la invitación para asistir al evento en el que harían entrega de las cartas recibidas aquella ocasión (o sea, las de todos los participantes), al Archivo General de la Nación (AGN), ubicado en el famoso Palacio de Lecumberri o Palacio Negro en la CDMX, donde quedarían resguardadas junto a importantísimos documentos y materiales históricos que forman parte del acervo de nuestro país.

Para mi sorpresa, me dieron una copia de mi carta y me pidieron que la leyera ¡ahí mismo! Me preocupé porque literalmente no estaba preparada y hacía mucho que no la había leído, pero en cada palabra que leía, me daba cuenta de lo importante que era para mí poner desde entonces en discusión el papel de las mujeres en la vida pública.

Mi primo, que en esa ocasión tuve el honor de que me acompañara, me dijo que lo que había leído lo había conmovido mucho. Qué privilegio contar con él en ese momento y haber recibido esa respuesta suya a algo escrito tiempo atrás.

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Me podría poner a decir aquí toda una disertación de este tema y de lo que representaba para mí entonces y ahora cómo lo estoy viviendo, pero creo que eso es tema de otra publicación. La verdad es que creo que basta decir en lo que respecta a este recuerdo, que cuando estaba leyendo la carta tanto tiempo después, pensaba en todas las mujeres de mi vida, principalmente las de mi familia, de las cuales pude atestiguar su esfuerzo, su paciencia, su entereza y sus ganas de trabajar y salir adelante y en cómo a pesar de todos los errores de puntuación (ja, ja) o ideas que sentí que pude haber dicho mejor, la chica de 23 años que había escrito eso, lo había hecho desde el fondo de su corazón, lo hacía porque escribía sobre algo en lo que creía.

La vida ha cambiado mucho desde entonces. Mi propia apreciación sobre los personajes de la vida histórica del país también, pero en muchos sentidos, mi identificación por el tema sigue latente y se manifiesta ahora desde otras trincheras.

Estoy muy agradecida desde aquel día por el reconocimiento que me fue otorgado y desde luego, por la oportunidad de depositar simbólicamente algo tan mínimo en un espacio de tan importante contenido histórico, ambas son memorias que atesoro y que conservaré siempre.

Es así que por todas estas razones decidí que para este post, quería compartir la carta original (con todo y sus fallas), pues era un documento que tampoco había querido hacer más público de lo que había tenido que ser en aquel momento. Quizá hay alguien más ahí afuera a quien estas palabras estudiantiles, le puedan hacer sentido…. nunca se sabe.

*Las cartas de los finalistas pueden consultarse en PDF aquí*

Tacones contra la pared

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