Enseñar es aprender

img_3577

Fotografía: Armando Lemus para Nexum

Como cualquier estudiante que se precie de serlo, si hace unos 10 años me hubieran preguntado si lo que estaría haciendo hoy día sería dar clases, habría contestado sin duda con un rotundo: “desde luego que no”. La actividad docente era una especie de ente alejado de mí, uno que no concebía en mi campo profesional que, además, está regido por la faramalla y el misticismo de alcanzar el mundo al que pertenecen las monstruosas agencias publicitarias, los periódicos nacionales e internacionales de gran prestigio y actualmente también, por las considerables satisfacciones que se obtienen al conseguir la viralidad.

Sin embargo, creo que la oportunidad llegó de manera inesperada y se me presentó más como una coincidencia para “probar suerte” viendo si toda esa capacidad que yo suponía tener al exponer frente a profesores y compañeros, la podía replicar al estar frente a un montón de alumnos que esta vez serían mi responsabilidad. ¿Qué tan difícil podría ser la lectura de algunos textos, el diseño de ejercicios, la evaluación de unos exámenes?

Sobra decir que pequé de soberbia de manera inimaginable. Muy pronto me di cuenta de que era todo un acontecimiento tenerse que levantar muy temprano y cumplir con los horarios; que no era nada sencillo mantener la atención de los chicos; que aquellas formas con las que yo había aprendido ya no eran funcionales del todo; que sus intereses estaban en sitios para mí desconocidos; que la juventud, en este caso, me jugaba más en contra que a favor. Entendí además, que si me estaba comprometiendo a enseñar, entonces también tenía que responsabilizarme plenamente por aquello que intentaba transmitir. Con este nuevo trabajo, venían también nuevos códigos y nuevas reglas que me costó mucho trabajo digerir.

La realidad es que, de inicio, comprendí el esfuerzo que seguramente significó para todos mis maestros y maestras, con quienes me había topado durante mi formación, el intentar dar cada día una clase nueva, un contenido de valor, algo interesante y formativo y recordé y me arrepentí por todas las veces que quise dormir media hora más y no llegar a clase o preferir poner atención a la plática del MSN o del Facebook cuando recién llegó a nuestras vidas en lugar de atender lo que me decían; pensé en aquellas cosas que me había perdido por decisión y aquellas otras a las que no llegué porque definitivamente no pude hacerlo.

Me di cuenta también de que no es para nada lo mismo ser una buena estudiante que ser una buena profesora. Caí en muchas trampas de primeriza, cometí muchos errores que quizá dejaron consecuencias negativas en mis estudiantes y me dejé vencer en muchas ocasiones por mis propios problemas personales que nada tenían que ver con el trabajo. Dejé también que la pereza me venciera y que el cansancio me impidiera preparar una clase como yo sabía que tenía que hacerlo. Me dejé llevar más de una vez por mis emociones y en todo ello, mis estudiantes se encontraban de por medio. Y podría seguirme de largo porque las recapitulaciones negativas suelen ser las más jugosas siempre, pero tampoco es que quiera balancear este camino solo desde aquí.

En este andar, también entendí a plenitud la frase que dice que se aprende mucho más de sí mismo y de los estudiantes que lo que uno puede dejarles a ellos. Es una sensación bastante interesante esa de conocer algo nuevo a través de las miradas de otros o verse reflejada en las inquietudes y los sueños de alguien más. Se genera un sentimiento curioso de querer ver cómo triunfan, cómo hacen cosas que a ti ni siquiera se te habrían ocurrido y te alegra impresionantemente cuando quieren acercarse contigo a compartir sus proyectos, sus dudas e incluso, cuando se sienten con la confianza para que les ayudes a resolver algún problema sobre el que no tienen idea cómo componer.

A seis años de distancia que hoy exactamente se cumplen, creo firmemente que la esencia que me tiene aquí y me ha hecho superar los días malos, donde parece que aquello que intenté no fue suficiente, es precisamente la idea de que en conjunto se aprenden muchas cosas, buenas y malas y que cada uno llega a un salón de clase con lo mejor que tiene y hace lo mejor que puede.

Porque llegué a entender de alguna forma que cada uno es responsable de aprovechar o no las cosas que se le presentan. Mi labor y mi responsabilidad es hacer bien mi trabajo, intentar comprender el funcionamiento de las mentecillas de los alumnos para poder encontrar algo que los pueda motivar y desde donde pueda ayudarlos mejor a preparar su camino profesional y decidir bien las cosas que quiero compartir con ellos, pero jamás es tarea mía que elijan prestar atención, ni que estén dispuestos a recibir cualquier migaja de conocimiento que pudieran extraer de una clase o que se hagan cargo de la parte que les corresponde.

A veces todavía me cuesta separarme plenamente de la frustración y repetirme esto último como mantra, pero conforme voy pensando y revisando lo que he cambiado a lo largo del tiempo, pienso que igual que ellos, yo también me encuentro en un proceso de constante cambio y aprendizaje y no solamente porque seamos maestra y alumnos, sino porque de inicio somos personas y todos sabemos que lo que ello implica es que cometemos errores, que tenemos batallas personales y que provenimos de contextos distintos que no siempre serán compatibles.

No es pues, un camino plenamente andado pero sí constantemente modificado. Uno que va poco a poco construyéndose y adaptándose. Desde aquella primera clase que di cuando tenía 25 años hasta el día de hoy, he sido afortunada por las oportunidades que me han dado quienes han confiado en mí y desde luego, por haberme topado con tantos estudiantes que con sus acciones, actitudes y trabajo (positivas o negativas) me han ayudado a construirme y reconstruirme desde mi lado profesional como docente.

Errores muchos, pero seguramente los aciertos también son varios. Mientras tanto agradezco haber tenido una primera oportunidad y seguirla conservando después de estos años. Aprecio cada día más la labor que otros hicieron para contribuir en mi aprendizaje y disfruto cada día más haberme integrado a un mundo que no figuraba en mi panorama personal pero que ahora se ha convertido en una parte fundamental del mismo.

Conocimiento no compartido es conocimiento perdido. Siempre lo he dicho. No sé si yo tengo el copyright de la frase o la piratée de algún lugar, pero es que sí: por eso sigo, por eso avanzo y por ese principio es que todos deberíamos pensar en dar lo que somos y lo que sabemos: para poder intercambiarlo por algo nuevo. La satisfacción de compartir y verlo transformado en algo más es bien interesante y bonita, realmente linda. La esencia de este plano de vida, creo, aprender. Todo el tiempo, todos los días. De lo bueno y de lo malo. De todo y de todos. No hay más.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

Casa Octavia

Residencia para Escritoras

Semiósfera vital

El espacio de encuentro y debate en torno a la semiótica, la comunicación y la cultura

Fantasmagorías

Lo que pasa por mi cabeza hecho blog.

A %d blogueros les gusta esto: