Máscara contra cabellera

 

IMG_4480

“¡Lucharáááán a dos de tres caídas… sin límite de tiempo!” (¿Qué eran las dos de tres caídas?) 

Hace ya casi dos meses que emprendí un viaje más a la Ciudad de México por motivos tramitológicos pero también un poquito vacacionales. Aprovechando el cortísimo descanso de fin de semana, surgió la flamante posibilidad de visitar un lugar que conocía solo por la television pero que creo que nunca había imaginado realmente poder pisar: la Arena México. Y he aquí toda la historia detrás de la experiencia.

Para mí la lucha libre era algo común y de alguna forma cercano porque mi papá solía verla casi religiosamente transmitida por televisión prácticamente cada fin de semana. En esa época (plenos años 90) las figuras como Octagón (que era de mis favoritos por siempre), Atlantis, el Perro Aguayo, La Parka y Máscara Sagrada eran algunos de los constantes imperdibles de esas tardes frente a la pantalla. Quizá mi papá no lo sabe realmente, pero sin querer se fue convirtiendo en una de esas actividades que  empezamos a compartir y creo que, sin temor a equivocarme, es la razón principal por la que le guardo cierto cariño a este deporte y el motivo por el que presenciarlo en vivo y a todo color se convirtió en algo tan significativo.

Yo no sé si me angustiaba mucho cuando veíamos la transmisión (que no lo creo) o si más bien la preocupada por mí era mi mamá, pero recuerdo mucho que una de las retahílas eternas de mi papá era jurarme y perjurarme que esos hilos rojos brillantes que escurrían en frente, chachetes, cuello y pecho de los luchadores eran ni más ni menos que de salsa catsup. Me explicaba que la lucha era un espectáculo, que todos los giros, piruetas y demás parafernalia “eran puro teatro” y que nadie se lastimaba realmente en esos eventos (claro, ya quisiera verlo yo explicando eso mismo en 2015 cuando se murió el Hijo del Perro Aguayo, por ejemplo). La verdad es que yo no estaba tan convencida, mucho menos cuando veía que los luchadores salían volando por los aires hasta ir a topar con los inacutos miembros de la audiencia que entre gritos de espanto y excitación recibían con los brazos abiertos (por gusto y porque en realidad no les quedaba de otra) a los ídolos caídos.

En fin, la cosa es que en realidad mi papá y yo no fuimos nunca a ver las luchas en vivo, así que esa siempre se quedó como tarea pendiente. Luego, según vi en el documental Lucha México, las giras que se hacían por el país, dejaron de visitar Michoacán por cuestiones de inseguridad y como en ese tiempo la verdad es que la Cedemeequis no era un destino que frecuentáramos realmente, pues no había muchas formas en que pudiéramos cumplir ese objetivo. Ni modo, quizá no nos tocaba.

Y bueno, aunque hubo este receso de bastantes años en que le perdí la pista al mundo del pancracio, la cosquilla por el tema no me dejó tan en paz. De hecho estaba entre los temas finalistas para mi tesis de licenciatura, la cual esperaba que abordara el análisis de algún elemento de la cultura mexicana como el Día de Muertos, la representación de los charros en el cine o en este caso, la manera en que funciona la lucha libre. Al final ninguno de estos funcionó y por eso creo que estoy sacando un poquito de esas inquietudes en este espacio virtual.

IMG_4471

La historia hace un súper adelanto de tiempo hasta épocas más recientes. Podría decir que justamente lo que volvió a alimentarme la curiosidad fueron los documentales que aparecieron en Netflix hace poco. Además del que ya mencioné, vi también la serie Nuestra Lucha Libre, que originalmente había sido transmitida por Canal 22 y que desde luego yo no había podido ver porque desde hace varios años que en casa no habemus cable, así que el descubrimiento de tal programa me hizo muy feliz. En esta serie conocí también el trabajo de la fotógrafa Lourdes Grobet, la mera mera retratista de las luchas. De hecho, conseguí una obra maestra con placas suyas y textos de Carlos Monsiváis, el libro Espectacular de Lucha Libre que está lleno de datos biográficos, anecdóticos y culturales sobre este deporte y unas fotos impresionantes de los enfrentamientos y los rostros emocionados del público. Es una verdadera delicia.

Y la cereza del pastel se la llevó mi visita -por la que todo este preámbulo tuvo lugar- a una de las mecas (si es que puedo usar el término) de la lucha libre y que es por supuesto la Arena México.

Desde el inicio, todo es abrumador: a la entrada, las docenas de máscaras multicolores en los puestos ambulantes, hombres y mujeres de cualquier edad tratando de llegar a las taquillas y niños cargando figuras de cualquier luchador imaginable, te arrastran como una marea hasta el susurro de los revendedores: “¿De qué fila quieres, mamita? Tengo del Ring 1 y 2, ¿de cuál te doy?” Cuando por fin se despeja un poco la entrada, las filas entre vallas metálicas ven desfilar a cualquier cantidad de extranjeros. Tan solo en ese tramo, alcancé a distinguir gente que hablaba inglés, francés, alemán (o algún idioma que sonaba parecido) y un japonés que curiosamente salía de los cuerpecitos de dos mujeres de edad avanzada visiblemente emocionadas. Adentro, nos tocaría tener como vecinas a dos mujeres, quizá madre e hija provenientes de algún país de habla francesa y que luego de un par de luchas (con todo y banditas conmemorativas en la cabeza) se darían por vencidas antes de las dos de tres caídas.

Adentro, el vestíbulo sí que es una fiesta de luces y colores: sobre la dulcería y los souvenirs, se erige un mural conmemorativo a las casi 9 décadas que la Arena ha entretenido a miles de mexicanos; muy cerca, un cuadrilátero pequeño está dispuesto para tomar la foto del recuerdo, sobre todo para los niños que no dejaban de rodearlo esperando su turno.

IMG_4422

“Y la gente comenzaba a gritar, se sentía enardecida sin cesar…” (Pues sí… literalmente).

Y ya en donde verdaderamente ocurre la magia, la cantidad de filas y filas de asientos me dejó literalmente con la boca abierta. ¡La televisión jamás me dijo que estaba de este tamaño! Volteaba para todos lados totalmente incrédula de que un sitio así pudiera llenarse un viernes en la noche. Claro que conforme se acercaba la hora del show, me di cuenta de mi ingenuidad. Falta de costumbre.

Empezado el espectáculo, cornetas, gritos, mentadas de madre, chiflidos, albures y ruido, muchísimo ruido hicieron las veces de música de fondo de toda la experiencia. Volador Jr., Niebla Roja, Gilbert el Boricua y desde luego Carístico fueron parte del cartel de la noche. Entre giros, llaves simples y otras bastante elaboradas, caídas fuera del ring y amenazas entre rudos y técnicos mezclados con los abucheos y los aplausos de la gente, según fuera el caso, me tenían con el ojo cuadrado o triangular o romboide o como sea. Jamás imaginé que la vivencia fuera de ese modo. Hasta me negué a comprar ningún tipo de bebida con tal de no perder el tiempo yendo al baño a media pelea. No había nada que me quisiera perder.

La verdad es que aunque tengo el antecedente familiar bastante claro, no puedo más que reconocerme como una novata de todo el asunto. No por mucho haber visto películas de El Santo y Blue Demon contra [inserte aquí el nombre de cualquier criatura de terror], iba a tener yo forma de saber lo bien que se pone el ambiente y lo increíble que es ver a la gente sumergida por completo en dar su aprobación o el más descarado desdén a los luchadores que aparecían vistiendo capas brillantes y atuendos llenos de color. Atrás de nosotros estaba de hecho una familia que llevaba un niño y una niña de unos 7 u 8 años de edad, ambos con sus muñecos de luchadores (uno de ellos era Tinieblas, el otro no lo alcancé a distinguir), que vitoreaban, se enojaban y seguían la corriente de toda la audiencia cuando un luchador caía, cuando se reponía o cuando incluso había que recordar a la progenitora de algún luchador medio maldoso, de esos que no nos caen bien porque están contra los populares y queridos por todos. Esos chamacos estaban más buzos que yo y segurito con sus pocos años le sabían mejor al teje y maneje del asunto que mi provinciano ser. No lo dudo.

IMG_4444

Y pues ni más ni menos como dice la canción de cierta Sonora, palabras más, palabras menos, algunas más altisonantes que otras, durante un poco más de dos horas todo fue: “¡métele la Wilson, métele la Nelson, la Quebradora y el Tirabuzón, quítale el candado, pícale los ojos, jálale los pelos… sááááácalo del ring! Y pues yo para mi novio (que además tiene por ahí algunas raíces familiares que se dedicaron a este deporte) fui también parte del show porque entre las caídas, los golpazos y mi impresión por las reacciones de la gente y la creatividad y velocidad con que el mexicano promedio que asistió esa noche elaboraba frases alusivas a lo que ocurría en el evento me tenía, como dirían por allá en algunos países del cono sur: ojiplática. 

Nos fuimos de ahí y yo sentía la adrenalina contagiada por los miles de asistentes de la noche. Entendí de otra manera las tardes con mi papá, también aquellos testimonios que solo conozco vía documentales y programas de entrevistas, recordé muchísimo por qué me había interesado hacer un proyecto de tesis sobre el tema y por qué sigue captando mi atención. Pero es que lo mejor que tiene este espectáculo es que aquí la gente es genuinamente feliz: viene a gastar su energía, a olvidarse de los problemas por 120 minutos, poquito más; la gente (hombres, mujeres, adolescentes, niños, niñas, locales y foráneos) es libre de expresarse con su mejor y su peor vocabulario; hace señas, insulta y aplaude: odia con todo su corazón al rival de su luchador predilecto, lo aborrece, pero cuando éste pierde por fin y se despide le aplaude incluso de pie. Lo respeta. Lo deja ir. Corre por la foto, por el autógrafo, avienta monedas al cuadrilátero, se prende contra el réferi, se echa sus chelas, compra muñecos, bandas y máscaras, el día que hay lucha es su día de fiesta, es su día de gozo.

La lucha libre es color, es sabor, es ornamento, es escándalo. Y aunque se sepa poco, mucho, nada de ella no es posible zafarse, te contagia. Te dejas contagiar, creo. Cuando menos lo esperas también abucheas y sientes el trancazo a media espalda o en el muslo y hasta lo acompañas con su respectivo ¡UUUUUUUHHHHH!, el reglamentario e imperdonable. Yo no conocía ese México más que de lejitos, a través de una pantalla, pero esa noche me hice parte de él.

IMG_4442

 

 

 

 

Un comentario sobre “Máscara contra cabellera

Agrega el tuyo

  1. Con tus líneas confirmo esa tarea pendiente que tengo de ir a un espectáculo de lucha libre, espero tener la fortuna y que también sea en la Arena México .

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

Casa Octavia

Residencia para Escritoras

Semiósfera vital

El espacio de encuentro y debate en torno a la semiótica, la comunicación y la cultura

Fantasmagorías

Lo que pasa por mi cabeza hecho blog.

A %d blogueros les gusta esto: