El día que mis alumnos me invitaron a escribir

 

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Este semestre se me ocurrió hacer una variación en mi práctica de lectura semanal que normalmente llevo a cabo con mis grupos. Ahora no leímos Las batallas en el desierto como normalmente acostumbro (aunque esperaría tener tiempo de hacerlo), sino que lancé una petición abierta por Twitter para pedirle a otros usuarios que me hicieran llegar recomendaciones de cuentos cortos que pudiéramos leer durante las clases. La convocatoria tuvo más éxito del que esperaba y prácticamente tengo textos listos para revisar cada semana, incluso estoy segura de que me van a sobrar muchos.

Hasta ahora hemos revisado cinco cuentos y todos han provocado reacciones muy diversas. La discusión en algunos casos y la identificación o incluso proyección en otros ha sido muy interesante. Todo ello lo he ido “documentando” bajo el hashtag #CuentosParaLosAlumnos y cada semana voy contando de manera muy sintética las reacciones y opiniones que los estudiantes han externado sobre lo que vamos leyendo y que hasta ahora nos ha llevado desde México hasta Italia y desde historias hechas en estas primeras dos décadas del siglo hasta la Edad Media.

Sin embargo, en la clase de hoy la discusión se fue por otro lado volviéndose mucho más personal cuando uno de los estudiantes de Comunicación me preguntó si a mí me gustaba escribir (¡Ay!). Con certeza le confesé que si había algún talento que yo creía tener, ese era precisamente la escritura, ni modo, ya había quedado desarmada. “¿Y por qué no lo publica?”, preguntaron varios. (¡Ay! por segunda vez) y bueno, a decir verdad no hay una respuesta real o por lo menos no que yo la sepa explicar. Al final terminé contándoles de los concursos que he ganado (que han sido poquitos), de las veces que tiré a la basura toda la producción (si es que a eso se puede llamar como tal) que hice en la primaria y la secundaria; aquel cuento que tengo publicado en una antología y esas cosillas que tengo medio escondidas de la gente, incluyendo este blog, que al final terminé por compartirles también. Si ya lo sabe Dios, que no lo sepa -por lo menos- mi grupo de Comunicación.

La cuestión es que fue un momento bastante atípico porque creo que es una plática que no había tenido en ningún salón de clases en los casi siete años que tengo como profesora, pero también fue lo que me motivó a volver a meterme a este espacio que ya se anda llenando de telarañas porque, como siempre, el tiempo y los pretextos no faltan para evitar plantarme en la computadora y darle vuelo al teclado.

Volver aquí con este texto pequeñito es prácticamente una forma de agradecerle a ese grupo de Comunicación que recién ingresa a la carrera con todo el ánimo y el gusto del mundo y que se esfuerza y se reconoce en sus talentos y sus limitaciones (una característica que creo que se encuentra en pocos grupos de las nuevas generaciones), el que con tan poco tiempo de conocernos me haya hecho recordar con sus preguntas que poco debo temer a exponerme cuando escribo; que habrá gente que pensará que no lo hago bien, pero también mucha gente que querrá saber sobre lo que escribo y me estará siguiendo en lo que haga; que a través de un texto puedo hacer que alguien aprenda algo nuevo o se vea acompañado en alguna situación particular; que hay caminos y géneros que puedo explorar y así como estos estudiantes han recibido mis comentarios y observaciones a sus propios escritos, ellos también pueden ser críticos objetivos o duros o benévolos o mordaces de mi trabajo y sin embargo, todos habremos crecido al final de ese proceso de revisión y corrección mutuo. El tema es ese: animarse a exponerse y abrirse a los comentarios ajenos.

Hoy fue uno de esos días en los que recordé que parte importante de la docencia es precisamente recibir retroalimentaciones de los estudiantes, sin quienes no sería posible el proceso mismo de enseñanza y aprendizaje. Yo siempre he creído que en un aula el asunto es en doble sentido y que tanto aprende el que está frente al grupo como quienes asisten cada clase (en este caso a las madrugadoras e indecentes siete de la mañana, dos veces por semana) y me parece que este debería ser el pensamiento generalizado. Lo confirmé con la charla de hoy a la que solo le faltaba un cafecito para ser ideal.

Y bueno, a decir verdad sí terminé la clase muy animada gracias a sus comentarios. ¿Será que ellos alguna vez me van a leer?, me pregunté  una vez terminada la clase mientras bajaba las escaleras… claro que lo esperaría, pero aunque no lo hagan siempre quiero tener presente ese momento y recordarlo cuando no tenga ánimos o registre mi lista semanal en busca de motivos para no escribir, sobre todo por esa cuasi promesa de estos alumnos de miradas brillantes a quienes mucho les entusiasmó la idea de decir alguna vez cuando sean mayores: “¡Sí! Esa escritora fue mi maestra en la universidad!”

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