#Writetober 1-6 de octubre

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Cada octubre, muchos artistas, dibujantes y diseñadores de todo el mundo se unen bajo el hashtag #Inktober para hacer una ilustración por cada día que compone este mes. Ya lo he dicho en otros espacios pero repito por aquí que, en mi caso, no hay ilustraciones que ofrecer porque no es lo mío, salvo que este año quise aventurarme en el terreno de la escritura y compartir un #Writetober para todo aquel que esté dispuesto a leer.  Aquí en el blog, iré subiendo el resumen semanal, pero la historia,  está  disponible diariamente en la fanpage de Facebook. Por lo pronto, como telenovela de los años 80, aquí va el resumen semanal de esta narración:

1 de octubre

Empiezo escribir este diario porque ya no puedo más y no tengo idea de qué más puedo hacer. Lleva días aquí conmigo y no entiendo si tengo un problema de salud mental, si necesito tomar medicinas realmente fuertes o simplemente tengo la imaginación alborotada por alguna cuestión que no consigo descifrar… ¿será algo del trabajo?, ¿acaso me atormenta aquella última tarde en el café?, ¿se tratará de alguna consecuencia de esa terrible reunión hace un par de noches en esa cantina? No sé si a estas alturas valga la pena detenerse a buscarle una causa cuando, además, ninguna parece lo suficientemente importante como para estar así. Creo que lo que verdaderamente necesito hacer es concentrarme en que desaparezca. Estuve buscando en Internet y navegué entre la Wikipedia, las páginas de chamanes en línea (¿cómo es posible que exista eso?), las de consulta psicológica e incluso consideré seriamente buscar el teléfono de algún psiquiatra. Todavía no he decidido nada porque el temor me invade o más bien es porque sinceramente porque tengo aún la esperanza de que se trate de una alucinación que desaparecerá después de algunos días. Pero la veo… es real, no me estoy inventando nada. No sé qué más hacer, ¿por qué no se larga?

2 de octubre

Trato de hacer memoria… todo comenzó con las sombras en las paredes del baño, en las cortinas, al lado de las botas sucias. ¿Cuánto hace que empezó a ocurrir? No tengo idea, pero estoy seguro de que desde entonces el asunto se ha agravado. Al inicio, creí que se trataba de un desperfecto en mis ojos por todas esas horas frente a la computadora y el olvido constante de usar los lentes; ni hablar de las lecturas hechas debajo de esa bombilla maltrecha que está en la sala y que no sabe hacer otra cosa más que parpadear. Me pareció natural que mi vista empeorara y me jugara malas pasadas, hasta que descubrí que no era así. De la nada empecé a notar cómo se anidaban los insectos en una esquina del techo de mi habitación solo para desaparecer cuando volteaba en esa dirección; otras veces vi perfectamente cómo una mariposa negra aleteaba a mi costado hasta posarse en algún recoveco de mi casa y disolverse justo cuando giraba la cabeza. Pero no pueden ser simples imaginaciones mías, menos ahora que ella está aquí. Estoy seguro de que envió a sus alimañas del infierno para advertirme sobre lo evidente. Las mandó para avisarme que vendría por mí y yo no me di cuenta. Ahora ya nada puedo hacer.

3 de octubre

Hoy todo salió mal. Tuve esa reunión odiosa con Aguilera y mientras lo escuchaba repetirme por quinta vez la tontería sobre la importancia de un buen trato con el cliente y los números y la productividad y las horas extra, la vi pasar como una sombra por la puerta de cristal. Algo debió notarme Aguilera porque de inmediato me preguntó si necesitaba una Coca Cola. Es que estás verde. Pero de ese verde enfermo, ¿sabes cómo?, me dijo. Sí, Aguilera, sí sé cómo, pero tú te pondrías igual si estuvieras viviendo y durmiendo con ese engendro y para colmo, lo estuvieras viendo hasta en el trabajo. Al final tuve que salir corriendo al baño. Casi tiro a Carla cuando tropecé con la alfombra, bien dice doña Ofelia que ella nada más se cansa de estarla aspirando y un buen día las orillas despegadas nos van a ocasionar un accidente de los feos. Devolví todo el desayuno: el café y la concha medio pasada que me comí en la mañana para que ya no se quedara un día más. Quisiera decir que el malestar fue producto de ese pan que casi tiene sus propios huéspedes entre la masa, pero ya sé que todo esto no es más que culpa de esa presencia que cargo en los ojos. O en la espalda. O en la cabeza.

4 de octubre

 Soñé que estaba en un cuarto oscuro, completamente negro. Caminaba a tientas porque no sabía si habría obstáculos en el suelo que pudieran hacerme tropezar. El ambiente se sentía caliente y me costaba trabajo respirar. Entre el temor de saberme en la penumbra y la angustia de no encontrar una salida, sentí cómo el aire me faltaba cada vez más. Sentí una presión en el pecho y al mismo tiempo, percibí un líquido que resbalaba por mi barbilla y mi cuello, logrando empapar mi camisa. Pensé que se trataba de un sudor exagerado, pero con los dedos pude notar que se trataba de algo más viscoso. Desperté de golpe y me di cuenta de que esa parte del sueño había sido real. Mi cara y las almohadas estaban cubiertas de sangre que salía de manera incontrolable por mi nariz. Me levanté torpemente de la cama golpeándome los dedos del pie con la puerta de mi habitación y como pude alcancé el lavabo para asearme. No podía controlar la hemorragia. En cuanto levantaba un poco mi cara para verme en el espejo, el chorro volvía asomarse por uno de mis poros, luego por el otro. Cuando logré controlar la sangre giré la vista hacia mi cuarto. Todo estaba completamente oscuro, pero ella… ella estaba sentada en la cama.

5 de octubre

El episodio de la sangre resultó indoloro, pero no inodoro. Después del incidente con la hemorragia, asumí que el penetrante olor se debía a las almohadas que quedaron mojadas y que solo arrojé al piso de mi cuarto cuando volví para acostarme, pero cuando salí a la calle con rumbo hacia el trabajo, sentí claramente cómo el aroma seguía ahí. Toqué mis poros: secos. Revisé mi camisa, el saco; verifiqué que no tuviera sangre bajo mis uñas. Nada. ¿No hueles algo extraño? Le pregunté más tarde a Samuel, mi vecino de cubículo. ¿Extraño como qué? ¡Otra vez no te bañaste!, dijo entre carcajadas. No estaba para bromas, así que esbocé una ligera sonrisa y asentí: claro, seguro es eso. Animal. No había sangre en ningún lado, pero para mí el olor continuaba ahí metido en mis pulmones. Así entendí a qué se refiere la gente cuando lo describe como algo dulzón; también me di cuenta de que la sangre no huele igual que como sabe cuando tienes alguna herida en la boca o el dentista te pide que la escupas. Me imaginé la intensidad que deben sentir los policías cuando la encuentran en charcos. Me dieron náuseas solo de imaginarlo. Hoy no la vi, pero seguro estoy de que me dejó su perfume la muy maldita.

6 de octubre

DESAPARECE DESAPARECE DESAPARECE DESAPARECE DESAPARECE DESAPARECE DESAPARECE DESAPARECE DESAPARECE DESAPARECE DESAPARECE DESAPARECE DESAPARECE DESAPARECE DESAPARECE DESAPARECE DESAPARECE DESAPARECE DESAPARECE DESAPARECE DESAPARECE DESAPARECE DESAPARECE DESAPARECE DESAPARECE DESAPARECE DESAPARECE DESAPARECE DESAPARECE DESAPARECE                    y no desaparece. Lo único que se pierde es el significado de esa palabra, que ya no escribo porque ya no tiene sentido.

 

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